Fernando Ayala: Crispar

Frente a la crispación tolerancia y escucha. Ello no significa la eliminación o la reafirmación de nuestras propias convicciones.

En situaciones como las que estamos viviendo, especialmente durante las últimas semanas, donde se pone el foco en el insulto, la falta de educación, el ataque e incluso la grosería entre adversarios políticos, me gustaría hacer un paréntesis para abundar en otros elementos que fomentan la crispación. Sobre todo si tenemos en cuenta el componente teatral, en algunas ocasiones, de la escenografía que se observa en los parlamentos.

Por esa razón, quizás quepa atribuir a nuestros principales responsables públicos, el hecho de servir de referencia para otros a los que podemos considerar «segundos niveles» y fundamentalmente a la gente de la calle, el incremento de manifestaciones o incluso sobreactuaciones que expresan un malestar muy lejano de lo que se podría considerar un sano debate de opiniones diversas.

Son algunos fanáticos o hooligans los que impulsan este deterioro de la convivencia con declaraciones de odio, reitero, impulsadas probablemente por declaraciones públicas o escritas que han podido seguir.

En ese instante, te planteas si conviene mantener la calma (a veces piensas si el silencio es cobardía, otras crees que la prudencia evita el enfrentamiento directo).

Pero la realidad es que resulta complicado no decir nada ante el evidente insulto, los malos deseos e incluso actitudes extremadamente vengativas o agresivas desde el punto de vista dialéctico hacia líderes o partidos políticos con los que no comparten ideología.

Esa línea invisible, como diría el escritor César Pérez Gellida, la sobrepasan con frecuencia personas que aparentemente no parecen tener ninguna disfuncionalidad social, ni entrar dentro de esos colectivos estigmatizados como marginales. Supuestamente son individuos «normales» que se transforman de manera muy significativa cuando se abordan temas de actualidad política.

De ahí, la muy necesaria (y perdón una vez más por mi insistencia) educación en valores democráticos.

La crispación, lejos de ser solo un sinónimo de alejamiento de la democracia, es en mi opinión, un síntoma de deterioro de la misma. Tenemos establecidos unos mecanismos que nos permiten vehicular las diferentes opciones o planteamientos en los que dirimir las disputas. No lo enturbiemos con prácticas que nos asemejan más con otros sistemas o regímenes en los que el tinte autoritario se sobrepone al respeto y a la variedad.

Frente a la crispación tolerancia y escucha. Ello no significa la eliminación o la reafirmación de nuestras propias convicciones.

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